Te ausentas unos minutos de mi mente y cuando regresas chocas y te rompes en mí, como el mar bravío contra las rocas, golpes duros que resultan suaves en una zona ya acorazada.
Me consuela ir a ese sitio donde sólo vive el recuerdo y por estúpido que parezca mantengo un monologo en voz baja, hago como si hablara contigo y te cuento cosas.
Se que no puedes oírme, pero yo te digo como te echo de menos hasta la saciedad.
Ahí, donde ni siquiera estás, nos separan unos centímetros de piedra tan helada como el frío interior que me corroe.
Echo de menos tu perenne sonrisa y tus besos.
Todavía no acabo de asimilar tu no existencia.
Al irme me despido de ti con un: -estamos todos bien, jodidos pero bien-
Hace ya un año y parece que fue ésta misma mañana de octubre cuando se bloquearon todos mis sentidos al oír inesperadamente: “papá ha muerto”.