Amo las cosas que no se pueden tocar. Perdería todo mi interés si pudiera tener lo que más deseo. Amo los misterios y los enigmas sin desvelar.
Alma, el alma, las almas, ser de naturaleza híbrida. De color luz azul índigo, que no materia. Huele a vino caliente y sabe amargo como la hiel. Alma es movimiento que se pasea a su antojo entre poderosos y anónimos.
Puedo poseer esa sensación de cosquilleo, de plenitud absoluta, que dura segundo y medio, la alegría que se evapora en escasos once minutos y hasta esos veintiún gramos que dicen que pesa, aunque a veces no pueda con mi alma.
En muchas ocasiones me vuelve del revés. Siempre quise ser piedra dura de maestro cantero, canto rodado a orillas de un río, pero soy leña de arder del árbol caído, cenizas etéreas, levedad.
Alma es el silencio en la música. El tañido de la vieja campana, alma es una gota de sudor frío, miedo en la noche, un sueño despierto, la risa es alma en estado puro.
Cuando se rompe el frasco, ¿dónde va? Nos echa un pulso que siempre gana y nos devora, como Laocoonte a sus hijos.
No es un mito, está ahí como está la luna. Mi alma no es mía, está en las estrellas, me maneja a su antojo.
Amo tanto todo lo que no puedo tocar.
La vía láctea no puede percibir que le robo una de sus cien mil millones de estrellas que aunque invisible, alumbra.