miércoles, 18 de abril de 2012

CÓDIGO

No quiero seguir los pasos de nadie, quiero hacer mi propio camino.
De oca a oca y tiro porque me toca.
Ofréceme  la palma de tus manos y sabré leer, sin confundir, las señales. Deja que mi alma se bañe en tus emociones.
Esperanto corporal  con cualidades internas que externamente se manifiestan sin signos aparentes y que solo ese código secreto es capaz de descifrar. Cuando en nuestro cerebro  salta sin pedirnos permiso y se hace acopio, como araña que espera a su presa.
Guarda cierto protocolo. Mi emisor se sitúa exactamente entres ambos pechos, a la altura de medio esternón, unos cuatro centímetros mar adentro. Siempre protegido, puede estar aletargado horas, días incluso, hasta que se da de bruces con la señal y en ese preciso instante salta la chispa que pone en marcha el mecanismo.
Una sensación vertiginosa  que en decimas de segundo  te envía un claro mensaje directo y silencioso, escapando a través del balcón acristalado de mi cerebro.  Se escurre cual serpiente cartilaginosa hasta tus ojos y se expande por toda tu piel provocando una sensación de vértigo, súbito calor que la invade de placer. Plausible actuación que en instantes imanta  todos los movimientos.
No te puedo tocar, no se a que hueles y jamás oiré tu voz. Pero me atraes a través de la vista, hilo conductor, me gusta lo que veo, el movimiento…y desapareces. Jamás volveré a verte pero esa corta e intensa conexión permanecerá sempiterna, como la sensación de que algo desconocido no lo es. Llegar a un acuerdo inmediato es tan fácil como pelar un plátano, pero la coincidencia fugaz se queda solo en un punto de inflexión, en mero potencial. Método eficaz de armonía.
Ojo a boca, boca a ojo y tus manos  de uñas rasas quieren arañarme.
Neblina y llovizna se sentaron juntas a charlar.